Un siglo del arquetipo de la Mujer Fatal en el cine (Parte I)

Después de leer abundantes escritos sobre la figura de la Mujer Fatal, de la que existen incluso tesis doctorales, me inclino a pensar que a lo largo de la historia ha existido dicho icono, como una proyección del miedo masculino hacia la libertad sexual y de pensamiento de la mujer, suponiendo una clara amenaza para el sistema patriarcal.

Según nuestro diccionario la Real Academia Española se define como mujer fatal:

“Aquella cuyo poder de atracción amorosa acarrea un fin desgraciado a sí misma o a quienes atrae. Está referido principalmente a personajes de ficción, sobre todo de cine, y a las actrices que los representan”

Digamos entonces que nos encontramos ante una presencia histórica de la mujer desde los tiempos de Ishtar la diosa babilónica del amor y la belleza, representante del culto a la sexualidad de la mujer, que también ha sido simbolizada en El Génesis como Eva, compañera de Adán, que fue creada en el Edén a partir de una costilla del varón. 

Según Robert Graves, la precursora de nuestra Eva bíblica fue la Diosa griega Pandora, que en versión de Hesíodo es la primera mujer creada por Hefesto y responsable de la desgracia de la humanidad. Tampoco podemos olvidarnos de la malvada Medea, el arquetipo de bruja, mujer independiente y autárquica, al igual que su tía la maga Circe, ambas de apariencia dócil y afable, pero que esconden un carácter maléfico.

La literatura se encargó de alimentar la imagen de la mujer fatal con personajes como Salomé, de Oscar Wilde, que recrean a mujeres malvadas de la mitología o de textos históricos, pero a finales del siglo XIX  se produce un punto de inflexión en el concepto de esa mujer que causa la perdición de un hombre mediante la seducción y se transforma en una mujer contemporánea, ligada al presente. Aparecen numerosas novelas con personajes femeninos fuertes, manipuladores, independientes, con un fondo malvado y retador que, sin ninguna duda, merecen un trágico final para redimir sus pecados.

Así tenemos a Carmen la protagonista de la novela del francés Prosper Mérimée,  la Ana Karenina de Tolstoi o Madame Bovary de Flaubert. Al parecer el término fue utilizado por primera vez en la literatura por el dramaturgo George Bernard Shaw, que rápidamente pasó al cine como el título de un cortometraje silente de 1912, Femme Fatale de director desconocido, producido por Pathé Frères y protagonizado por Emile Dehelly y René Alexandre.

El paso al cine de la Mujer Fatal 

Como era de suponer, el gran atractivo de los personajes creados por la literatura, despertaron el interés de los grandes estudios cinematográficos e inventaron uno de los primeros mitos, sino el primero, de Mujer Fatal en el cine. Fue Eva Fox, la esposa del que sería propietario de la Fox Film Company, quien descubrió en un teatrillo de Nueva York a una joven prometedora llamada Theodosia Burr Goodman, hija de un sastre judío de origen modesto de Ohio, pero con una gran ambición por convertirse en actriz.

Al igual que las mujeres fatales de la literatura debía tener, preferentemente, un origen exótico e inventaron un nombre y un pasado. Theda Bara protagonizó en 1915  la película A Fool There Was, donde encarna a una mujer depredadora y cruel llamada La Vampiresa contribuyendo a popularizar el término Vamp. Con el extraordinario beneficio de la película, William Fox pudo constituir sus Estudios de cine y agigantó a su personaje, mediante una gran campaña de publicidad.  

Escribieron que era nacida en Egipto, hija de una actriz francesa y su amante, un príncipe a la sombra de las pirámides.  El primer símbolo sexual de la época, se suponía poseedora de poderes sobrenaturales «porque de pequeña bebió sangre de serpientes venenosas», así siempre se presentaba al público, adornada con vestidos transparentes, muchas joyas y se dejó fotografiar con calaveras y serpientes. Fue la estrella más popular de los años veinte, sólo superada por Charles Chaplin y Mary Pickford, interpretando a Salomé (1918), Cleopatra (1917), The Serpent (1916) o Carmen(1915) 

La mujer fatal en el cine de los años veinte 

Después de la Primera Guerra Mundial, surgió una denominación anglosajona, Las Flappers, para referirse a un nuevo estilo de vida de las mujeres. La mujer se incorporó al mundo laboral, adquiriendo una independencia económica, empezaron a conducir veloces coches, frecuentaban los clubes de jazz, solían bailar de forma provocativa, bebían alcoholes fuertes y tenían un comportamiento sexual emancipado. 

La moda cambió radicalmente, usaban abundante maquillaje, se cortaban el pelo al estilo bob cut, las faldas se acortaron, dejaron de llevar corsé y su modelo de inspiración ya no eran las mujeres aristócratas, sino las actrices de cine. Y una de las máximas exponentes de aquella moda fue la actriz Louise Brooks, que interpretó a uno de los personajes fatales más famosos de la era silente, «Lulu» en la película La caja de Pandora y “Thymian” en Tres páginas de un diário, ambas dirigida por Georg Wilhelm Pabst en 1929 y rodadas en Berlín. 

Louise Brooks fue denostada y condenada al olvido en su época por ser hermosa, inteligente, culta y rebelde. Una mujer fascinante de la cual Howard Hawks dijo: 

«Quería un estilo nuevo. Contraté a Brooks porque está muy segura de sí misma, es muy analítica, muy femenina, pero también es increíblemente buena y está convencida que hará lo que quiere hacer. Se anticipó a su época y es una rebelde»

Las mujeres fatales de los años veinte, eran mujeres modernas, independientes  y urbanas, cuyo estereotipo se construyó en oposición al concepto femenino de mujeres recatadas, esposas abnegadas y madres sacrificadas, que reinaba en la época y el cine las incorporó como un producto debido a su naturaleza transgresora y atractivo sexual.

Al Crack financiero que se produjo en el año 29 y el desplome de las bolsas a nivel internacional, le siguieron la pobreza de La Gran Depresión en EE.UU y el avance del nazismo en Alemania, los dos grandes potencias en la producción de películas de cine. El estilo de vida flapper y su actitud hedonista rebosante de energía, se apagó por los problemas económicos en los primeros años treinta, trayendo una reacción conservadora y una revitalización religiosa que erradicó dichos estilos de vida liberal, tanto en la calle y como en el cine.

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